miércoles, 18 de julio de 2012

Cuatro películas con niños

En una conversación reciente surgió de pasada el tema de las películas protagonizadas por niños y salieron a colación algunos sospechosos habituales ("El chico", "Ladrón de bicicletas", "Los 400 golpes", "El espíritu de la colmena"). La rapidez mental no está entre mis cualidades, pero ya se sabe que el cerebro tiene la costumbre de trabajar por su cuenta a su propio ritmo, así que durante las siguientes horas no pararon de venírseme a la mente películas protagonizadas por niños. De hecho, observé, no por primera vez, qué porcentaje tan alto de mis películas favoritas están basadas en la mirada infantil. En este post voy a recordar unas pocas que he visto no hace demasiado tiempo y de las que todavía conservo detalles en la memoria. Dejo fuera algunas recientes, como "Nadie sabe" y "El chico de la bicicleta", que mis interlocutoras en aquella conversación, más jóvenes e informadas que yo, seguramente conocen de sobra. (Ahora que lo pienso, tanto Kore-eda como los Dardenne son en cierta forma "especialistas" en películas protagonizadas por niños). Este post, por tanto, se podría titular más precisamente "Cuatro películas con niños que Sonia y Rebeca puede que no hayan visto todavía y que tal vez podrían gustarles". Aquí están.

jueves, 5 de julio de 2012

CR 2012

Al hilo de mi post anterior, durante de mi segunda visita al Cinema Ritrovatto me preguntaba qué pensaría Simon Reynolds del festival boloñés y de los cinéfilos que acuden allí cada junio, un grupo que se sumerge sin complejos en la producción cinematográfica de décadas atrás y al que, al menos durante una semana, no podría importarle menos la actualidad. Cierto es que en las últimas décadas el aficionado al cine (y más aún ése que se denomina a sí mismo "cinéfilo": la camiseta que se vendía en los puestos del festival proclamaba en francés "Oui, je suis cinéphile") ha estado menos implicado con las tendencias, la modernidad, lo hip y el "cutting edge" que el melómano aficionado al pop, pero no deja de ser algo chocante la devoción al pasado, en una infrecuente combinación de interés académico, profesional y simplemente lúdico que se percibe en Bolonia la última semana de cada mes de Junio.

Como ya comenté el año pasado, mis experiencias como espectador en el festival se dividen en dos categorías. Por un lado, está la oportunidad de ver, quizás por primera vez y posiblemente por última, películas conocidas en copias óptimas y buenas condiciones de proyección. Este año han caído "Érase una vez en América", con escenas inéditas recuperadas (y Sergio Leone es uno de los pocos cineastas de los que puede decirse sin reparos que "más es más"), "A quemarropa" (o, como dicen en Italia, "Senza un attimo de tregua"), "Lawrence de Arabia" (aunque en este caso los asientos de la Piazza Maggiore convirtieron las casi cuatro horas de proyección en una prueba de resistencia) y "Tess". La segunda parte de la experiencia boloñesa consiste en descubrir películas y directores desconocidos. En este apartado el año no ha sido tan excepcional como el pasado: no he tenido ninguna revelación como las de Boris Barnet o Luigi Zampa. Puede decirse que, en cuanto a nombres propios, mi descubrimiento del festival ha sido un actor, el francés Harry Bauer, al que se dedicaba un pequeño homenaje y que protagonizaba una monumental adaptación de "Los miserables" de 1934 impecablemente restaurada por la casa Pathé y el laboratorio de la Cineteca de Bolonia. La otra gran revelación del festival ha sido "The First Born" (1928), una película sorprendente por lo adulto de sus temas y lo inventivo de sus soluciones cinematográficas. El film, un tour de force unipersonal del británico Miles Mander, que hizo las labores de director, protagonista y autor junto a Alma Reville del guión basado en su propia novela, es un añadido tardío pero merecido al panteón de clásicos de los últimos años del cine mudo.

Además, el festival dedicó una sección a Raoul Walsh en la que se proyectaron algunos de sus clásicos más conocidos y otras películas menos vistas. Me perdí la que según algunos era una de las joyas del festival ("The Big Trial") pero tuve la suerte de ver la deliciosa "Me and My Gal" (1932), con unos chispeantes Spencer Tracy y Joan Bennett, en su para mí desconocida etapa de rubia anterior a las películas de Fritz Lang. (Los cambios de tonalidad capilar fueron un rasgo distintivo del festival: "The First Born" estaba protagonizada por una Madeleine Carroll morena anterior a su época de rubia hitchcockiana). El interés del Cinema Ritrovatto por las mujeres directoras de los primeros años del cine se manifestó este año con un ciclo dedicado a Lois Weber, cineasta contemporánea de Griffith y preocupada por temas sociales; lo mejor que pude ver de ella fue "The Blot", una película de denuncia en la que el misérrimo sueldo de un profesor universitario lleva a su familia al borde del desahucio y la malnutrición. Como difícilmente podía ser de otra manera, la crisis económica también estuvo presente, en un pequeño ciclo sobre el crack del 29.

Como el años anterior, la cantidad y variedad de la oferta, así como mi falta de habilidades para la bilocación, impidieron que viera un buen montón de películas que parecían interesantes y que, en otros resúmenes del festival sin duda se revelarán como las auténticas joyas del festival. Pese a ese inevitable sentimiento de frustración, un año más doy por buena la experiencia, y hago votos de repetir en el futuro si la crisis (la nuestra o la de los italianos) lo permite.

sábado, 19 de mayo de 2012

Retromania


En su último libro, "Retromania", de (al parecer) próxima aparición en español, el crítico musical Simon Reynolds (autor de una sensacional historia del post-punk, "Rip It Up and Start Again", uno de los libros sobre música pop verdaderamente imprescindibles de la pasada década) aborda "la obsesión de la cultura pop con su pasado".

Reynolds repasa las formas en que la cultura popular (y la "seria") han estado siempre pendientes del pasado pero advierte que el fenómeno ha ido adquiriendo una aceleración exponencial que pone en peligro sus mismas bases: enterrados por el peso insoportable (y siempre creciente) de los años, se hace más difícil cada día encontrar el impulso de ruptura, el compromiso con el presente o el ánimo de originalidad que está en la raíz de buena parte de las manifestaciones valiosas de la cultura de masas. El pasado siempre había estado a nuestro alcance, pero su acceso requería de un esfuerzo y unas habilidades que la biblioteca universal de Internet ha reducido al mínimo. El resultado es que la cultura popular ha perdido, siguiendo el ejemplo de su "hermana mayor" el sentido de progreso, la flecha que se desplaza desde el pasado hacia el futuro, para ser sustituido por un continuo en el que todas las épocas conviven, y periódicamente se recuperan y se abandonan. La cultura pop, en definitiva, se ha transformado en una variante de la moda.

martes, 24 de abril de 2012

Antepasados ignorados

Intentemos verlo por el lado positivo: lo bueno de la ignorancia es que te permite aprender cosas nuevas constantemente. Por ejemplo, hasta hace unos días, con la publicación de una lista de las mejores películas de terror de la historia, no era consciente de la existencia de "El caserón de las sombras" (The Old Dark House) una película de 1932 en la que James Whale ensayó la siempre agradecida mezcla de humor y terror con mayor éxito que en "El hombre invisible". El argumento es prototípico: un grupo de inocentes viajeros se ve obligado por una tormenta a alojarse en una siniestra mansión habitada por una familia, digamos, disfuncional. La película, cuyo reparto incluye a Boris Karloff en un papel prácticamente mudo, a un joven Charles Laughton y a un seductor Melvin Douglas pre-Lubitsch, va aumentando sus niveles de desquiciamiento hasta revelarse como un remoto pero perfectamente reconocible antepasado de "La matanza de Texas". Una búsqueda a posteriori me descubre que la película estuvo perdida durante décadas, lo cual puede explicar por qué en mis años mozos no se mencionaba esta obra maestra entre las grandes películas del ciclo de terror de la Universal.

Probablemente ya habré mencionado alguna vez que uno de mis comics favoritos es la etapa de "Doom Patrol" escrita por Grant Morrison, a mi juicio junto a "Watchmen" y "Batman Dark Kight" las cumbres de ese florecimiento del tebeo superheroico estadounidense en la segunda mitad de los años 80 y el inicio de su decadencia: no niego que se hayan hecho buenos tebeos de superhéroes en las dos últimas décadas, pero tras leer estas tres obras, la misma idea de escribir y dibujar superhéroes tiene inevitablemente un componente nostálgico o "retro". Morrison no se ha mostrado nunca reticente a la hora de declarar sus influencias (yo descubrí los cortos de Jan Svankmäjer en el prólogo de la primera recopilación de "Doom Patrol"), pero en ninguna de las entrevistas que he leído menciona la etapa de The Defenders (en español "Los Defensores") escrita por Steve Gerber y dibujada por Sal Buscema para Marvel Comics en los años 70. Sin embargo, una afortunada (y casual) relectura de estos tebeos en la chapucera y entrañable edición de Vértice (esa "Dinámica y rotulación", esas inefables historietas de Tumbita, en ambos casos obra de Tunet Vila) bajo el desconcertante título de "Triple Acción", me los ha revelado como un claro precedente seventies de la misma táctica de deconstrucción mediante el absurdo. A buen seguro Morrison no hubiera tenido inconveniente en incluir en "Doom Patrol" un equipo de supervillanos como los Hombres Cabeza, personajes como Nebulón, transplantes de cerebro, ciervos siniestros, un elfo con una pistola… No puede decirse que Gerber esté olvidado, pero me temo que su stock no cotiza tanto como se merece, y si se recuerda su nombre es sobre todo por "Howard The Duck" y en menor medida por "Man Thing". A mi juicio, la veintena de número de Defenders que escribió entre 1975 y 1976, a pesar de algunos tics setenteros, son lo más memorable de su obra. Por desgracia, no parecen fáciles de conseguir y una reedición en condiciones se antoja un sueño remoto.

La lectura de estos tebeos me ha recordado otros todavía más olvidados, incluso por mí. Al fin y al cabo, Steve Gerber conserva todavía una cierta reputación pero ¿quién era David Anthony Kraft? Pues, por si a alguien le interesa, el guionista de la siguiente etapa de The Defenders, entre 1977 y 1979. Por desgracia, he perdido mis antiguos tebeos de Vértice (en este caso a color) y en mi memoria sólo quedan vagos recuerdos de una interesante historia protagonizada por un villano llamado Scorpio (creo que el mismo creado Steranko en Nick Fury) dibujada por un primerizo Keith Giffen que imitaba a Jack Kirby mucho antes de descubrir a José Muñoz. Probablemente los tebeos reales no serán tan buenos como en mi recuerdo, pero me dan una excusa para hurgar en las cubetas el próximo salón del comic y me confirman que, nostalgia o no, la Marvel de los 70 sigue siendo una mina con tesoros por recuperar.

viernes, 13 de abril de 2012

Una visita de la cuadrilla de matones

Como mediocre funcionario de provincias no relacionado con ningún tipo de "mundillo", mi conocimiento sobre el impacto en el mundo "real" producido por una película, un libro o un cómic procede de la observación de primera mano (cuando vivía en Madrid era fácil darse cuenta de qué libros leía la gente en el metro), de la información facilitada por medios generalistas (tipo El País o Televisión Española) y de un muy parcial y limitado sondeo de fuentes online como Twitter y Facebook, algunos blogs de comics y cine, o el Focoforo.

Podría ser por tanto que, sin que yo me haya enterado, "El tiempo es un canalla" (A Visit from the Goon Squad, 2010), la novela de Jennifer Egan publicada en España a finales del año pasado por la editorial Minúscula, esté siendo toda una sensación. No faltan motivos extraliterarios para ello: el libro viene acompañado por la vitola de Premio Pulitzer y la aparición en múltiples listas americanas de "lo mejor del 2010". Más aún, parece ser que hay en marcha (aunque nunca se sabe del todo con estas cosas) un proyecto de adaptación televisiva nada menos que por parte de HBO. Cuando apareció la traducción castellana, mi reacción instintiva fue dejar pasar el tiempo a la espera de que mentes más lúcidas me indicaran si realmente valía la pena gastarme el dinero y más importante, el tiempo y el espacio de estantería. No es la primera ni será la última vez que el hype que rodea a un producto cultural provoca una reacción de desconfianza; en algunas ocasiones tal desconfianza ha resultado justificada y en otras ha retrasado mi disfrute de obras excepcionales.

lunes, 12 de marzo de 2012

Amor y cohetes

Cuando uno actualiza a lo largo de un periodo de tiempo un blog, aun cuando lo haga como yo con escasa frecuencia y sin tomarse demasiadas molestias, no puede evitar darse cuenta de algunas manías y tics de su forma de escribir. Por ejemplo, he observado que tiendo a matizar mis afirmaciones con adverbios como "probablemente" o "quizás" hasta extremos ridículos; aunque no me trabajo mucho las entradas, puedo asegurar que he quitado esas expresiones multitud de veces y estoy seguro de que han sobrevivido muchas más. Por supuesto, no se trata (únicamente) de un latiguillo fruto de la pereza mental, sino que responde a una forma de ser en la que se conjugan el sincero deseo de ver todos los lados de un asunto y la cobardía de querer agradar a todo el mundo, o al menos no ofender a nadie.

Dado que según las estadísticas de Blogger esto no lo van a leer más que misteriosos desconocidos atraídos por los caprichos del traductor de Google, me voy a permitir escribr una breve entrada con el único propósito de lanzar una afirmación absoluta sin matices ni componendas, una de esas frases que normalmente me sentiría obligado a calificar, explicar y moderar.

Jaime Hernández es el mejor dibujante del mundo.

viernes, 24 de febrero de 2012

Un Oscar para Hank Scorpio

Tenía pensado escribir esta entrada hace un mes y hacerla coincidir con la publicación de las nominaciones a los Oscar de Hollywood. En aquel momento, la presencia de Albert Brooks en el apartado de "Mejor actor secundario" se daba prácticamente por hecha, y llegado el momento muchas voces se apresuraron a coronarlo como "biggest snub" de las nominaciones. No sin motivos: el villano que Brooks encarna en "Drive" es quizás lo más memorable de una película interesante pero que probablemente no tiene tanto poder para perdurar como algunos pensábamos hace unos meses.

El motivo que me impulsó a desear escribir una entrada sobre Brooks es la curiosa percepción que los aficionados al cine españoles, en el supuesto de que sepan quien es, pueden tener sobre él. Curiosa en el sentido de que es seguramente muy diferente de la de su equivalente norteamericano. Admitiendo que estoy extrapolando salvajemente a partir de mi propia experiencia, mi impresión es que para el cinéfilo hispano Brooks es un excelente secundario que hizo su debut nada menos que en "Taxi Driver" de Martin Scorsese, fue nominado al Oscar por "Al filo de la noticia" (1987), dirigida por James L. Brooks (no son parientes, aunque como veremos su relación profesional ha sido estrecha) y se ha prodigado escasamente desde entonces, con apariciones en películas como "Un romance muy peligroso" y la serie de televisión "Weeds".

El párrafo anterior contiene un elemento parcialmente engañoso: hace unos cuantos años, casi por casualidad, fui consciente de otra parte de la carrera de Brooks que al espectador español le ha sido escamoteada sistemáticamente, pero que le ha proporcionado sus mayores ingresos durante los últimos años: su trabajo como actor de doblaje en animación. En estos días en que acaba de emitirse el episodio 500 de "Los Simpson" (una serie co-creada y producida por James L. Brooks) en varios lugares se han recordado los episodios más memorables de la serie; en el blog de Alan Seppinwall se proponía a los lectores que escogieran un único episodio, el primero que les viniera a la mente. Está claro que si se para uno a pensar, aunque solo sea unos segundos, le vienen a la mente decenas de momentos memorables, pero con las condiciones impuestas por Seppinwall, mi ganador no tenía dudas: "Sólo se muda dos veces" de la excepcional octava temporada (1996), el episodio en que Homer se muda fuera de Springfield para trabajar en el proyecto nuclear de Hank Scorpio, un jefe perfecto que además resulta ser un supervillano jamesbondiano que pretende chantajear a todas las potencias mundiales. El lector habrá adivinado, si no lo sabía ya, que en su versión original la voz de Scorpio venía proporcionada por Albert Brooks. Lo que distingue las apariciones de Brooks como invitado en "Los Simpson" (ha habido varias, incluida un papel principal en la película cinematográfica) de las de otras estrellas invitadas es que Brooks improvisa extensamente, con el beneplácito de los productores y guionistas, que luego seleccionan para la versión final del episodio los fragmentos más memorables. La personalidad de Brooks en el episodio se deja sentir de manera tan poderosa que cuando 8 temporadas más tarde volvió a la serie, interpretando al instructor de un campamento para niños gordos, tuve, a pesar de que vi ambos episodios doblados y con los créditos finales cortados, tal como habitualmente los emite Antena 3, la convicción inmediata de que los dos personajes procedían del mismo creador. Un poco de investigación me llevó al descubrimiento de que ese creador era Brooks, y a enterarme de que el papel más taquillero de su carrera había sido el de Marlin, el atribulado protagonista de "Buscando a Nemo".

miércoles, 1 de febrero de 2012

Actualizaciones

La lógica editorial y la costumbre dan como resultado que las listas de lo mejor del año se confeccionen, con anticipación variable, a finales del año en cuestión. Como consecuencia, sucede a menudo que los productos que se estrenan muy a finales de año no llegan a tiempo, y los que aparecen a principio corren el riesgo de quedar sepultados en el olvido cuando llega el momento de confeccionar la nueva lista. A buen seguro, de haber llegado a tiempo, en mi lista de películas del año pasado hubiera incluido "El Havre", de la que hablo un poco aquí, y que se estrenó la última semana de Diciembre; "Los descendientes" se estrenó la primera semana del año y, considerada como película del 2011, probablemente también habría merecido mención que tendrá que ser pospuesta a una lejana (e hipotética) lista del 2012.


Aunque no al mismo nivel que las mejores series que del año pasado, mi post sobre televisión también habría incluido alguna mención a "Black Mirror", la serie de Charlie Brooker para la BBC que se emitió en el Reino Unido en Diciembre. La miniserie de tres episodios testimonia su preocupación con el uso irreflexivo de la tecnología y los medios de comunicación que no será extraña a quien conozca, aunque sea parcialmente, la obra del creador de "Dead Set" y "How TV Ruined Your Life", colaborador de Chris Morris en "Brass Eye" y "Nathan Barley". El impulso satírico de Brooker se transforma en tres historias independientes que ponen al día con éxito el modelo de la ciencia ficción estadounidense de los años 50 (entre sus referentes, tanto o más que series de televisión como "Twilight Zone", está la narrativa de escritores como Robert Sheckley, Fredric Brown, Frederick Pohl y Cyril Kornbluth) aunque a veces se deja llevar por la tentación del subrayado que recuerda el infame momento de "Dead Set" en que un personaje señala a un grupo de zombis devorando cadáveres y exclama "¡El público británico!".

Tampoco es perfecta la segunda temporada de "Sherlock", estrenada el primer día de Enero, pero sus defectos (unos argumentos que se apoyan demasiado en lo enrevesado y lo inverosímil, una caracterización del personaje de Moriarty cuando menos discutible) no impiden que sea uno de los productos más gozosamente disfrutables no sólo de lo que va de año sino de varias temporadas. Como en el caso de tantas parejas literarias y cinematográficas, desde Alonso Quijano y Sancho a Nero Wolfe y Archie Goodwin pasando por Bertie Wooster y Jeeves, el verdadero placer de los relatos originales de Conan Doyle no está en la trama sino en los momentos de interacción entre los protagonistas; la baza principal de la serie es, necesariamente, la química entre sus protagonistas. A Martin Freeman ya lo conocíamos, y queríamos, desde la versión original de "The Office"; Benedict Cumberbatch es, sin medias tintas, una estrella a la que estamos viendo eclosionar en tiempo real. Además, Moffat, Gatiss y sus guionistas han sabido trufar los episodios de ingeniosos guiños al lector holmesiano que (a ver como digo esto sin sonrojarme) me han recordado los momentos más memorables de "Smallville", otra puesta al día de un mito de la cultura de masas que salvaba ocasionalmente sus rutinarios guiones y sus irregulares interpretaciones gracias a esos pequeños instantes en los que el lector de comics reconocía con un breve y placentero estremecimiento alguna de sus queridas referencias.

jueves, 12 de enero de 2012

22 de noviembre de 1963

Como quizás sea inevitable en el caso de alguien tan prolífico y exitoso, y más aún si se dedica  la literatura de género, Stephen King sigue siendo un escritor incomprendido y minusvalorado. Se piense lo que se piense del resultado final de su trabajo, King no es un escritor de best-sellers empeñado en producir con el mínimo esfuerzo una cuota de páginas anuales para ingresar unos cuantos miles de dólares, sino un autor poseído por el impulso expresivo que busca dar salida a un conjunto fácilmente reconocible de obsesiones y demonios personales. Es decir, un autor y un artista con todas las de la ley. Incluso cuando en un momento de desánimo especuló con una posible retirada de la literatura, aseguró que se trataba de dejar de publicar, no de escribir, y se imaginaba entregando cada año un grueso manuscrito a su banquero para que lo guardara en una caja fuerte. Bajo una imagen pública down-to-earth y tendente al populismo (una actitud típicamente norteamericana que recuerda a la de directores de cine clásico como Ford y Hawks cortando burlonamente cualquier intento de sus adoradores críticos franceses por establecer sus credenciales intelectuales), King es también un escritor que reflexiona astutamente sobre su trabajo y el de sus compañeros de oficio, como atestiguan sus dos excelentes libros de no ficción, "Danza macabra" y "Mientras escribo".
La productividad de King tiene sus inconvenientes: además de ponérselo fácil a sus detractores (como el ínclito Harold Bloom) que lo consideran una especie de fábrica de producción masiva de prosa pobremente elaborada, incluso su mayor admirador tiene que reconocer que hay momentos en que a) echa de menos la intervención de un editor que separe el grano de la paja; b) le da la impresión de que está leyendo algo que ya ha leído antes; o c) no entiende qué demonios pretendía el autor con ese relato en concreto. Por suerte para sus lectores, las ventajas superan ampliamente a los inconvenientes: no sólo tenemos prácticamente asegurado al menos un libro anual, sino que no es raro encontrarnos con un pequeño inventario de novelas o relatos que, por una razón u otra hemos dejado pasar sin leer, pero que están ahí, disponibles si queremos darles una oportunidad (con la ventaja añadida que esos libros suelen ser fácilmente accesibles).

martes, 27 de diciembre de 2011

El año del décimo doctor

Preparando una lista de las mejores películas del año para el blog de Carlos Escolano me ha vuelto a quedar claro lo artificial que es separar el cine y la televisión. Citaba allí los casos de "Los misterios de Lisboa" y "Carlos", dos trabajos televisivos con estreno (con un montaje diferente) en salas de cine, pero aún sin ejemplos tan evidentes, tengo la convicción de que hoy en día no resulta productivo, si alguna vez lo fue, tratar cine y televisión como formas artísticas diferentes. Por supuesto, tanto en la concepción, como en la realización y el consumo, una serie norteamericana de 5 temporadas de 22 episodios es diferente de una película europea independiente, pero las diferencias son del mismo tipo que las que separan a esa misma película europea de un blockbuster veraniego o de una película de serie B de los años 50; nadie discute, por cambiar de ámbito, que un comic-book de Stan Lee y Jack Kirby o una historieta de Vázquez comparten una misma forma artística general que una novela gráfica autobiográfica de Charles Brown, a pesar de las diferencias. But I digress…

A lo que iba, es decir, a listar brevemente la mejor televisión que he visto este año (sí, me doy cuenta de que es algo paradójico que después del primer párrafo, la conclusión sea dos post diferentes, uno para cine y otro para televisión). Es sintomático, y creo que bastante generalizado, que mi relación con NINGUNA de las obras que cito a continuación se haya producido a través de la emisión en una cadena televisiva, sino mediante la edición en DVD y otros medios de legalidad más cuestionable.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Zánganos en Verdún

Si las magnas "Encyclopedia of Fantasy" y "Encyclopedia of Science Fiction" dirigidas por John Clute contienen entradas sobre P.G. Wodehouse se debe a un par de obras menores de temática fantástica, pero no resulta descabellado (ni especialmente original) argüir que toda la obra del humorista británico pertenece al género de la ucronía, y que su Inglaterra de mansiones de campo, concursos de engorde de cerdos, aristócratas distraídos, tías amedrentadoras, mayordomos pluscuamperfectos, jóvenes zangolotinos en perpetua necesidad de unas pocas libras para apostar en las carreras, ladrones de joyas y starlets de Hollywood es una creación imaginativa de especie similar a la Tierra Media de Tolkien o el Westeros de George R.R. Martin. Aunque su autor afirmaba que su obra recordaba el mundo edwardiano de su juventud, podemos estar razonablemente seguros de que ese mundo jamás existió nunca fuera de las páginas de su extensa obra.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Películas de pesadilla

Allá por los años 90, el principal aliciente de Internet para mí, tan inútil para ligar online como en la modalidad presencial, era localizar relatos de fantasía y ciencia ficción disponibles (en inglés) legal y gratuitamente. Algunos de los cuentos que encontré de esta forma reavivaron mi interés juvenil por el género que tenía por entonces un tanto abandonado, y me permitieron descubrir a escritores entonces nuevos para mí como Greg Egan, Howard Waldrop y Kim Newman. Las dos primeras historias de Newman que leí (todavía disponibles en el mismo lugar en el que las encontré  hace más de 13 años) ponían de manifiesto, aún sin conocer la información biográfica que las acompañaba, que su autor era algo más que un simple aficionado al cine: "Coppola's Drácula" trasladaba las peripecias del rodaje de "Apocalipsis Now" al universo vampírico creado por el autor en "Anno Drácula", mientras que "The Pierce Arrow Stalled…" especulaba con una historia paralela del cine en el que el punto de divergencia con nuestra realidad era la no ocurrencia del famoso incidente que hizo caer en desgracia a Fatty Arbuckle y que, Newman postula, propició la entrada en vigor del famoso código Hays de autocensura en Hollywood (la consecuencia en el relato es que el contenido sexual de las películas se elevaba a límites impensados: el slogan de promoción de "Ninotchka" pasaba de ser "¡Garbo ríe!" a "¡Garbo folla!").

En España Newman ha sido publicado únicamente (creo) en esta faceta de escritor de ficción, a través de las dos primeras novelas del mencionado ciclo vampírico ("El año de Drácula" y "El sanguinario barón rojo") y de unas novelas incluidas en la franquicia Warhammer y firmadas con el pseudónimo de Jack Yeovil. Su ficción inédita en castellano incluye otros títulos en los que a su conocido interés por la historia alternativa y la literatura de género se une la pasión por el cine, en particular el fantástico y terrorífico: "Famous Monsters", el ciclo "Where the Bodies Are Buried", "Amerikanski Dead at the Moscow Morgue", "Andy Warhol's Drácula" entre muchos otros. Sin embargo, no me sorprendería que en su país de origen, el Reino Unido, Newman fuera más conocido como crítico cinematográfico que como escritor de ficción, gracias a sus reseñas en la revista Empire y a su particular imagen que no pasa desapercibida en sus habituales apariciones en reportajes y documentales.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Abundancia roja

No hace tantos años, tenía absurdamente a gala mi completa ignorancia sobre temas económicos. Me parecía obvio que las páginas salmón de los diarios, dejando aparte las ofertas de trabajo, no tenían interés alguno para las personas cabales, que se limitaban con buen criterio a las culturales y las de deportes (las de ciencia, al menos en los diarios generalistas, también debían examinarse con precaución).

Como de forma por lo demás irritante aducen las personas religiosas respecto a Dios, aunque uno no crea en la Economía la Economía sí cree en uno, y aquí estoy unos años más tarde sin saber mucho más sobre el tema pero mucho menos ufano de mi ignorancia, por más que a mis ojos profanos mucha de la cháchara económica que se escucha por ahí siga sonando a una mezcla de pseudociencia y teletienda.

En la visión simplista a la que me condiciona el desconocimiento, el sistema económico, dominado por ese ente informe denominado "el mercado" parece un toro de rodeo imposible de dominar. La supuesta misión que, desde una perspectiva de lo que antes se llamaba "izquierdas", debería tener el estado, es decir, redistribuir la riqueza y garantizar unos servicios públicos de calidad, se ve prácticamente imposibilitada por su incapacidad por controlar los movimientos económicos. Ingenuamente, parece que una solución pasaría por no reducir la capacidad económica de los estados, sino incrementarla. Ahora bien, durante el siglo XX ya ha habido varios experimentos de economía controlada por los estados en vez de por los mercados, y ya sabemos cómo acabaron. Y no sólo está la cuestión espinosa de que, sin excepciones, fueran de la mano de regímenes dictatoriales y crímenes masivos; es que, además, desde un punto de vista puramente económico, resultaron un fracaso.

"Abundancia roja" de Francis Spufford es un libro que trata el breve intervalo, a finales de los años 50 y primeros 60, durante el que la Unión Soviética realizó un esfuerzo por racionalizar la economía a través de las fuerzas entonces nacientes de la cibernética, con el objetivo de hacer del pueblo soviético el más rico del planeta. Fallecido Stalin, el recién llegado al poder Kruschev pretendió superar a los Estados Unidos no sólo en la carrera espacial, sino en la prosperidad y la abundancia a disposición de sus habitantes. El tratamiento que hace Spufford de este periodo contiene elementos de ficción y de historia tradicional: es una novela que relata acontecimientos reales (lo que los anglosajones llaman "faction") a través de episodios dramatizados en los que intervienen personajes reales (el propio Kruschev, matemáticos y economistas como Kantorovich y Nemchikov) y figuras ficticias creadas por Spufford. Se trata por tanto de una novela de ideas, calificativo que suele aplicarse de manera peroyativa, como si las ideas fueran un tema del que el arte debería mantenerse alejado. (Puede que sea la edad pero algunas cosas que más me han interesado últimamente, como los documentales de Adam Curtis, las obras de Tom Stoppard o éste libro, tratan específicamente sobre ideas). Spufford reconoce haber tomado como modelo la trilogía de Marte de Kim Stanley Robinson; "Abundancia roja" se lee como una novela de ciencia ficción sobre el pasado cercano. En sus páginas se menciona la obra de los hermanos Strugatski, las figuras máximas de la SF soviética y de los que también se acaba de editar un libro que todavía no he leído pero me parece muy prometedor, "El lunes empiezan el sábado".

Ya sabemos cómo acaba la historia: Spufford decía en un artículo que el periodo que describía había quedado "crushed flat by hindsight". Nuestros líderes económicos seguramente aducirán que los hechos confirman la posición de que la economía de libre mercado es la única forma posible de conseguir que grandes grupos de personas vivan en la abundancia. Informándome sobre este libro he descubierto con cierto alivio que, pese a lo que parece, no se trata de una verdad reconocida universalmente, y que existen actualmente científicos como Paul Cockshott (autor de "El socialismo del siglo XXI") que están intentando imaginar una economía centralmente planificada que supere las limitaciones y los errores de sus antecesores. El propio Spufford concluye el libro con una nota de esperanza: aunque sus héroes han fracasado, su esfuerzo es importante; lo contrario sería reconocer que no hay alternativa a la rendición ante las fuerzas impersonales del mercado.

Cuando tuve noticias de este libro, me pareció que su indefinición genérica (no es ni una novela ni un libro de historia) hacía improbable su publicación en España, y adquirí la edición inglesa. Me he quedado agradablemente sorprendido al ver estos días que ha sido ya traducido y editado en Turner (editorial que, por cierto, no es la primera vez que me da una sorpresa de este tipo).

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Recomendado con reservas

Durante las 3 horas y media que dura "George Harrison: Living in the Material World", el documental de Martin Scorsese sobre el fallecido guitarrista de los Beatles, se repite una y otra vez que Harrison era un hombre con dos caras. Una, la más conocida, la de filántropo promotor del concierto de Bangla Desh, embarcado en una incesante búsqueda espiritual, discreto pero talentoso colaborador en la sombra de los geniales Lennon y McCartney, creador de algún memorable disco en solitario; la otra, la de mujeriego compulsivo propenso a las adicciones y los accesos de ira. Este lado oscuro, al que se alude repetidamente, está sin embargo prácticamente ausente de la película, aparentemente controlada por la familia y los amigos de Harrison, y termina por funcionar como una especie de amputado miembro fantasma. Da la impresión de que Harrison, genial músico, compositor ocasionalmente inspirado y mediocre letrista, fue una persona que daba para una película más interesante que la que ésta ha acabado siendo, una película a la que se invoca pero que no llega a hacerse presente. "Living in the Material World" sigue el modelo de entrevistas y material de archivo de "No Direction Home", el documental de Scorsese sobre Bob Dylan, pero tiene el problema añadido de que cubre un intervalo temporal mucho mayor, lo que hace que muchos momentos potencialmente interesantes queden apenas mencionados. De todas formas, al beatlemano que llevo dentro los mencionados doscientos y pico minutos llenos de imágenes poco conocidas y música maravillosa se le pasaron volando, y Scorsese, probablemente el cineasta vivo más técnicamente virtuoso que existe, podría hacer un documental interesante con este material incluso medio dormido.

Harrison hizo sus pinitos como productor cinematográfico con la compañía Handmade, creada para financiar "La vida de Brian" (1979) y que produjo otras películas de interés como "Los bandidos del tiempo" y "Withnail y yo". Jordi Costa comentaba en Facebook hace unos días que Harrison despidió a todos los empleados de Handmade por fax; "Living…" no hace mención alguna a este hecho, pero sí alude brevemente al escándalo que se produjo con motivo del estreno de "La vida de Brian", e incluye imágenes del famoso debate televisivo que enfrentó a dos de los miembros de Monty Python, John Cleese y Michael Palin, con dos detractores de la película, el periodista Malcolm Muggeridge y el obispo de Southwark. El lunes, como alternativa al previsiblemente tedioso "cara a cara" entre Rajoy y Rubalcaba, escogí ver "Holy Flying Circus", la película que la BBC ha dedicado al episodio. Escrita por Tony Roche, uno de los guionistas de "The Thick of It" y "In the Loop" (ya se sabe que tradicionalmente en la televisión británica el nombre a destacar es el del escritor, no el del director, en este caso Owen Harris), "Holy Flying Circus" no pretende representar los hechos tal como ocurrieron ("es todo inventado, como la Biblia", se dice en algún momento), sino reflexionar sobre la capacidad de ofender del humor y, sobre todo, rendir un afectuoso homenaje a Monty Python que incluye personajes con variados impedimentos del habla, animación con recortables, hombres travestidos, anacronismos, extraterrestres, grupos religiosos con tendencia a la disensión interna y Jesús soltando ventosidades. El mensaje queda en ocasiones demasiado subrayado, los villanos son meras caricaturas y en general hay un esfuerzo ostensible por ser "inteligente", pero de manera similar al documental de Scorsese, el fan de Monty Python tiene motivos de sobra para el disfrute, de los cuales no es el menor un reparto afortunado, con un Charles Edwards poseído por el espíritu del "hombre más agradable del mundo", y la siempre agradecida presencia de Mark Heap. Terminado el visionado, uno no puede evitar comparar programas como éste, fallidos pero imaginativos, arriesgados y rebosantes de talento, con la producción más prestigiosa de nuestra televisión pública nacional, sin ánimo de faltar al respeto a los profesionales que hacen "La hora de José Mota", "Cuéntame" o "Águila Roja".

lunes, 7 de noviembre de 2011

Martin Scorsese, crítico de cine

Es muy posible que el lugar de Martin Scorsese en la historia del cine esté hace tiempo grabado en piedra y que ninguna de sus películas de los últimos lustros, digamos que desde "Uno de los nuestros" (1990) o "La edad de la inocencia" (1993), haya sido capaz de reproducir la capacidad de impacto de sus primeras obras, aunque no carezcan de interés (a mí por ejemplo "Shutter Island" me gustó mucho). De lo que no cabe duda es de que el hombre, que este mes cumple 69 años, conserva intacta la capacidad de trabajo y, lo que es más importante, su amor por el cine. El pasado junio en el "Cinema Ritrovato" de Bolonia se presentaba un documental suyo sobre Fran Lebowitz, se exhibía otro sobre Elia Kazan, se proyectaba una restauración de su "Taxi Driver" en la que había intervenido directamente y otra de "El ladrón de Bagdad" impulsada por él. Estos días se ha estrenado su documental sobre George Harrison y dentro de unas semanas se estrena "Hugo", su debut simultáneo en el cine familiar y en el 3D (y en el que por cierto tengo depositadas, de manera quizás algo arbitraria, bastantes esperanzas).

Quienes hayan visto "Un viaje personal con Martin Scorsese a través del cine americano" (1995) y "Mi viaje a Italia" (1999) conocen que el entusiasmo del director italoamericano por el cine está respaldado por un conocimiento amplio y un criterio personal sólidamente fundado, cualidades que lo acreditan como potencial buen crítico de cine. Hasta hace poco yo desconocía por completo este aspecto de su trabajo, pero desde hace unos años, en la revista de un distribuidor de televisión por cable estadounidense (DirecTv) y en su página web ha venido publicando una columna en la que comentaba brevemente algunas de las películas que se programaban en alguna de las cadenas del paquete (habitualmente TCM). La columna se interrumpió a finales del año pasado, y los contenidos han sido retirados al menos momentáneamente del sitio web (tengo la esperanza de que esto se deba a una posible futura publicación en forma de libro); en cualquier caso, el navegante experto podrá, como hice yo, recuperar la mayor parte de ellos. Además, desde el mes de Octubre Scorsese colabora con una columna similar en TCM.com.

jueves, 27 de octubre de 2011

El extraño mundo de Gurney Slade

Las épocas tempranas de un medio de expresión parecen, vistas con la perspectiva del tiempo, campo abonado para la experimentación y la vanguardia. El momento en que todavía no están fijadas las reglas de "cómo se hacen las cosas" (el "modo de representación institucional" de los teóricos del cine) es propicio para la aparición de productos que se proyectan hacia el futuro: no es extraño que películas de Keaton o Murnau, cómics de McCay o Segar, nos parezcan más "modernos" que la mayoría de las obras posteriores.

La televisión es un medio que, por razones históricas y económicas, ha dado seguramente menos campo a la libertad individual de los creadores que el cine y los cómics, y nuestro conocimiento de sus épocas primigenias está aún más comprometido por el carácter inmediato o rápidamente perecedero de sus materiales de elaboración. Sin embargo, lego como soy en el asunto, tengo la impresión de que la investigación de la historia en gran parte desconocida de las primeras épocas de la televisión puede ser fuente de no pocas agradables sorpresas.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Superhéroes

No ando muy inspirado ni animado, no hay post con contenido propio, pero no quiero dejar de destacar los magníficos análisis sobre el comic de superhéroes actual que ha dedicado recientemente Santiago García en su blog "Mandorla". García, guionista de comics, co-autor (entre otras cosas) de "El vecino" y del próximo (esperemos) álbum de Manel Fontdevila, ha hablado del no por previsible menos horrible resulado del reboot de las colecciones de DC Comics ("El fin") y, quizás para quitarse y quitarnos a los que, pese a todo, no podemos dejar de seguir amando los superhéroes, el mal sabor de boca, ha destacado unos cuantos ejemplos de comic de género comercial hechos con profesionalidad y talento ("El tiempo de los superhéroes") y una obra maestra todavía inédita en España que enfoca la temática superheroica desde fuera del mainstream ("Supervillanos. El rayo de la muerte"). En general todo el blog es magnífico.

Ya que estamos con el tema, una recomendación: Panini publicó casi de puntillas en una colección dirigida al público infantil el primer tomo de "Thor, the Mighty Avenger", de Roger Langridge y Chris Samnee. La colección, nacida para aprovechar el lanzamiento de la película fue cancelada en Estados Unidos por falta de ventas con apenas 8 números, de los que aquí se han publicado cuatro en el tomo que comento; no sé qué pensará García de ella, pero yo la he encontrado ejemplar, no sólo porque está estupendamente escrita y dibujada sino porque es uno de los escasos tebeos de superhéroes actuales que se pueden entregar tranquilamente a un lector alejado del endogámico ambiente de los fans (¡incluso a un niño!) con razonables expectativas de que no reaccione con incomprensión o disgusto.

lunes, 19 de septiembre de 2011

El protagonista estaba muerto desde el principio

Aviso: contiene spoilers. O más bien, sólo uno, el que aparece en el título. Si no quieres saber a qué se aplica, no sigas leyendo.

martes, 6 de septiembre de 2011

Planeta Hong Kong

Aquellos que crecimos en un pueblo de provincias y que durante la segunda mitad de los años 70 sentimos cómo se despertaba el instinto cinéfago contábamos con una institución única y ya desaparecida, los cines de pueblo, que por los relatos de urbanitas de mi edad tenían bastantes similitudes con los cines de barrio pero también diferencias. La programación que ofrecía el cine Novedades a los habitantes de San Adrián (Navarra) probablemente estaba justificada por sólidas razones económicas o logísticas pero daba como la impresión de un batuburrillo caótico que, no puedo evitar pensarlo, marcó de forma indeleble la psique de mi generación, la última que contó con un cine local en su infancia. Por supuesto, los estrenos de renombre estaban descartados ("La guerra de las galaxias" había que ir a verla a la vecina ciudad de Calahorra) o llegaban con un retraso de meses o años (creo que pusieron "Tiburón" allá por el 77 o 78). Por algún motivo, quizás sencillamente el gusto del dueño o del público local, Louis de Funes era una presencia habitual, y hasta hace unos pocos meses yo no era consciente de que algunas de las películas que se proyectaban por aquella época, como las de la serie "Fantomas", tenían entonces ya más de diez años de antigüedad.

Otros elementos habituales de la programación eran las producciones populares italianas, eróticas (Alvaro Vitale, aka Jaimito) y de terror (Fulci, Coscarelli). Y, por supuesto, lo que nosotros llamábamos películas "de chinos" y que, según aprendí más tarde, eran producciones de la entonces floreciente industria de Hong-Kong. Aunque hasta tiempos recientes no he tenido más que contactos muy puntuales con el cine de la antigua colonia británica, tengo la impresión de que aquellas películas de kung-fu quedaron impresas en mi memoria ancestral de espectador. Anécdota personal que incluyo porque sí: una de las primeras películas que recuerdo haber visto en un cine es una de artes marciales que a pesar de mis esfuerzos no he sido nunca capaz de volver a encontrar ni siquiera en referencias. En mi recuerdo se titulaba "El león dormido" pero, dado que Google no reconoce ese título, parece probable que la memoria me juegue una mala pasada.

El profesor David Bordwell, autor de libros de texto ("El arte cinematográfico", "Film History") y monografías sobre directores tan respetables como Eisenstein, Dreyer y Ozu, no parece la opción más obvia para escribir sobre un cine de raíz y objetivos tan populares como el de Hong Kong, pero las dudas pronto se disipan: Boardwell no sólo reconoce sino que abraza con entusiasmo su lado más extravagante, excesivo y sentimental, sin ignorar su cara oscura (como por ejemplo los prejuicios raciales y sexuales que se encuentran muchas veces en la base de sus argumentos). En ocasiones, como es habitual, virtudes y defectos son dos caras de la misma moneda: al tratarse en la mayoría de los casos de un cine puramente comercial, está dominado por lo que Boardwell llama "presión hacia la predicibilidad" que da lugar a productos en serie, pero para los cineastas de talento las convenciones proporcionan una estructura como la de la métrica de un poema, dentro de la cual pueden dar rienda suelta a su creatividad en la búsqueda de variaciones. "Planeta Hong Kong" está escrita por un académico, pero también por un entusiasta del cine del que habla.

martes, 30 de agosto de 2011

El tamaño importa

(Iba a titular este post "Razones para estar irritado, parte 2", pero con la que está cayendo el tamaño de los tebeos parece algo demasiado trivial como para ser causa de irritación, como mucho de una vaga melancolía)
En las discusiones sobre la preferencia de ver las películas en versión original, o en pantalla grande y sala oscura, se encuentra subyacente la noción de un ideal platónico de la obra artística, a la que las distintas presentaciones o ediciones deben intentar acercarse lo máximo posible. Por supuesto, esta idea no se limita únicamente al cine, sino que está presente en los juicios sobre otras formas artísticas, y en particular los comics. Las reediciones de tebeos clásicos (o simplemente antiguos) son juzgadas, aparte de por la calidad intrínseca de la obra que presentan, por la calidad del papel, la traducción, la rotulación, la reproducción de las líneas y del color.