Si las magnas "Encyclopedia of Fantasy" y "Encyclopedia of Science Fiction" dirigidas por John Clute contienen entradas sobre P.G. Wodehouse se debe a un par de obras menores de temática fantástica, pero no resulta descabellado (ni especialmente original) argüir que toda la obra del humorista británico pertenece al género de la ucronía, y que su Inglaterra de mansiones de campo, concursos de engorde de cerdos, aristócratas distraídos, tías amedrentadoras, mayordomos pluscuamperfectos, jóvenes zangolotinos en perpetua necesidad de unas pocas libras para apostar en las carreras, ladrones de joyas y starlets de Hollywood es una creación imaginativa de especie similar a la Tierra Media de Tolkien o el Westeros de George R.R. Martin. Aunque su autor afirmaba que su obra recordaba el mundo edwardiano de su juventud, podemos estar razonablemente seguros de que ese mundo jamás existió nunca fuera de las páginas de su extensa obra.
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lunes, 12 de diciembre de 2011
miércoles, 19 de octubre de 2011
Superhéroes
No ando muy inspirado ni animado, no hay post con contenido propio, pero no quiero dejar de destacar los magníficos análisis sobre el comic de superhéroes actual que ha dedicado recientemente Santiago García en su blog "Mandorla". García, guionista de comics, co-autor (entre otras cosas) de "El vecino" y del próximo (esperemos) álbum de Manel Fontdevila, ha hablado del no por previsible menos horrible resulado del reboot de las colecciones de DC Comics ("El fin") y, quizás para quitarse y quitarnos a los que, pese a todo, no podemos dejar de seguir amando los superhéroes, el mal sabor de boca, ha destacado unos cuantos ejemplos de comic de género comercial hechos con profesionalidad y talento ("El tiempo de los superhéroes") y una obra maestra todavía inédita en España que enfoca la temática superheroica desde fuera del mainstream ("Supervillanos. El rayo de la muerte"). En general todo el blog es magnífico.
Ya que estamos con el tema, una recomendación: Panini publicó casi de puntillas en una colección dirigida al público infantil el primer tomo de "Thor, the Mighty Avenger", de Roger Langridge y Chris Samnee. La colección, nacida para aprovechar el lanzamiento de la película fue cancelada en Estados Unidos por falta de ventas con apenas 8 números, de los que aquí se han publicado cuatro en el tomo que comento; no sé qué pensará García de ella, pero yo la he encontrado ejemplar, no sólo porque está estupendamente escrita y dibujada sino porque es uno de los escasos tebeos de superhéroes actuales que se pueden entregar tranquilamente a un lector alejado del endogámico ambiente de los fans (¡incluso a un niño!) con razonables expectativas de que no reaccione con incomprensión o disgusto.
Ya que estamos con el tema, una recomendación: Panini publicó casi de puntillas en una colección dirigida al público infantil el primer tomo de "Thor, the Mighty Avenger", de Roger Langridge y Chris Samnee. La colección, nacida para aprovechar el lanzamiento de la película fue cancelada en Estados Unidos por falta de ventas con apenas 8 números, de los que aquí se han publicado cuatro en el tomo que comento; no sé qué pensará García de ella, pero yo la he encontrado ejemplar, no sólo porque está estupendamente escrita y dibujada sino porque es uno de los escasos tebeos de superhéroes actuales que se pueden entregar tranquilamente a un lector alejado del endogámico ambiente de los fans (¡incluso a un niño!) con razonables expectativas de que no reaccione con incomprensión o disgusto.
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martes, 30 de agosto de 2011
El tamaño importa
(Iba a titular este post "Razones para estar irritado, parte 2", pero con la que está cayendo el tamaño de los tebeos parece algo demasiado trivial como para ser causa de irritación, como mucho de una vaga melancolía)
En las discusiones sobre la preferencia de ver las películas en versión original, o en pantalla grande y sala oscura, se encuentra subyacente la noción de un ideal platónico de la obra artística, a la que las distintas presentaciones o ediciones deben intentar acercarse lo máximo posible. Por supuesto, esta idea no se limita únicamente al cine, sino que está presente en los juicios sobre otras formas artísticas, y en particular los comics. Las reediciones de tebeos clásicos (o simplemente antiguos) son juzgadas, aparte de por la calidad intrínseca de la obra que presentan, por la calidad del papel, la traducción, la rotulación, la reproducción de las líneas y del color.
En las discusiones sobre la preferencia de ver las películas en versión original, o en pantalla grande y sala oscura, se encuentra subyacente la noción de un ideal platónico de la obra artística, a la que las distintas presentaciones o ediciones deben intentar acercarse lo máximo posible. Por supuesto, esta idea no se limita únicamente al cine, sino que está presente en los juicios sobre otras formas artísticas, y en particular los comics. Las reediciones de tebeos clásicos (o simplemente antiguos) son juzgadas, aparte de por la calidad intrínseca de la obra que presentan, por la calidad del papel, la traducción, la rotulación, la reproducción de las líneas y del color.
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martes, 21 de junio de 2011
De Providence a Moulinsart
Decía Howard Waldrop que hay un momento en la vida para leer ciertos libros o autores; enfrentarse a ellos por primera vez antes o después nunca será lo mismo. Waldrop proponía en el mismo artículos los 11-13 años como edad ideal para leer a Edgar Rice Burroughs, los 14 para Dylan Thomas (una edad a la que se quiere ser “poeta, borracho y de algún otro lugar”) y los 17 para H.P. Lovecraft.
Pero ya se sabe que el hombre propone, y los planes de los ratones y los hombres, etc. A finales de los 70 yo todavía no llevaba gafas o acababa de ponérmelas, pero ya hacía años que era un niño repelente que se pasaba las horas leyendo. Con motivo de mi duodécimo cumpleaños, un amigo me acompañó a la librería local (en realidad una papelería con un pequeño expositor rotatorio de libros de bolsillo): mi misión, en caso de aceptarla, era gastar en libros las 300 pesetas que le había dado su madre para mi regalo de cumpleaños. Mi elección, constreñida (o quizás debería decir guiada) por la limitada oferta, consistió en un ejemplar de “Troilo y Crésida” de Shakespeare en la colección Austral (ya he mencionado que era un niño repelente) y el primer tomo de algo llamado “Relatos de los mitos de Cthulhu”. No puedo decir que el drama shakespeariano dejara gran huella en mi memoria, pero el impacto del segundo de los libros me acompaña hasta ahora. Probablemente yo estaba más predispuesto que otros para recibirlo: además de un lector ávido de 12 años (la edad de oro de la ciencia ficción, según el dicho), tenía cierta propensión a los terrores nocturnos y unos años antes me había negado a que mis padres dejaran abierta la ventana de mi dormitorio en las noches de verano porque imaginaba que venían seres del espacio a raptarme. Así las cosas, no es de extrañar que el libro (primera parte de una antología que no leí completa hasta varios años más tarde, y que creo que es la misma que editó Valdemar en tiempos más recientes) me produjera una mezcla de fascinación y horror de la que Lovecraft se hubiera sentido orgulloso, a pesar de que él era únicamente al autor de una de las historias, “La llamada de Cthulhu”.
Pero ya se sabe que el hombre propone, y los planes de los ratones y los hombres, etc. A finales de los 70 yo todavía no llevaba gafas o acababa de ponérmelas, pero ya hacía años que era un niño repelente que se pasaba las horas leyendo. Con motivo de mi duodécimo cumpleaños, un amigo me acompañó a la librería local (en realidad una papelería con un pequeño expositor rotatorio de libros de bolsillo): mi misión, en caso de aceptarla, era gastar en libros las 300 pesetas que le había dado su madre para mi regalo de cumpleaños. Mi elección, constreñida (o quizás debería decir guiada) por la limitada oferta, consistió en un ejemplar de “Troilo y Crésida” de Shakespeare en la colección Austral (ya he mencionado que era un niño repelente) y el primer tomo de algo llamado “Relatos de los mitos de Cthulhu”. No puedo decir que el drama shakespeariano dejara gran huella en mi memoria, pero el impacto del segundo de los libros me acompaña hasta ahora. Probablemente yo estaba más predispuesto que otros para recibirlo: además de un lector ávido de 12 años (la edad de oro de la ciencia ficción, según el dicho), tenía cierta propensión a los terrores nocturnos y unos años antes me había negado a que mis padres dejaran abierta la ventana de mi dormitorio en las noches de verano porque imaginaba que venían seres del espacio a raptarme. Así las cosas, no es de extrañar que el libro (primera parte de una antología que no leí completa hasta varios años más tarde, y que creo que es la misma que editó Valdemar en tiempos más recientes) me produjera una mezcla de fascinación y horror de la que Lovecraft se hubiera sentido orgulloso, a pesar de que él era únicamente al autor de una de las historias, “La llamada de Cthulhu”.
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